Casos

Cada semana tomo un problema concreto de una pyme colombiana y muestro, en pantalla, cómo se resuelve con inteligencia artificial. Las empresas son ficticias. Los problemas, las cifras y los oficios no lo son: cualquier dueño de negocio los reconoce. En todos los casos la máquina prepara y organiza; quien lee, decide y firma sigue siendo usted.

El buzón que se ordena solo

Gustavo recibe sesenta correos al día. Entre cotizaciones, copias y publicidad se le perdían los que valen plata. Acá se ve un sistema que clasifica los sesenta, deja los borradores de respuesta escritos, y no envía ninguno: eso lo hace él. → Ver el caso

Veintiocho páginas y una firma

A Andrés le llegó el contrato que puede duplicarle las ventas, y también el que más miedo le da. Hace tres años una sola cláusula le costó trescientos millones. Acá lee las veintiocho páginas en una tarde, entiende qué está firmando y sabe qué llevarle al abogado. → Ver el caso

92 millones congelados (cartera en problemas…)

Plata ya vendida, ya facturada, que los clientes debían y no entraba — porque nadie alcanzaba a cobrar a tiempo y, sobre todo, a cobrar bien. problemático para el capital de trabajo. Acá Carolina cobra los lunes, sin volverse antipática y sin trasnochar el domingo. → Ver el caso

Cuarenta y siete preguntas en cinco días

Un RFQ de una cadena grande: seis secciones, cuarenta y siete preguntas, ochocientos millones al año en juego. A Laura le tomaba dos días enteros — dos días sin atender a nadie más. Acá se ve cómo los recupera. → Ver el caso

Cinco clips en treinta minutos

Este es el único caso de la lista que no es ficticio: es mío. De un video de diez minutos saco cinco piezas para LinkedIn, y eso me tomaba tres horas —una mañana entera—. Acá se ve cómo Claude escoge los momentos que valen —el criterio— y una herramienta de corte hace el trabajo mecánico, mientras yo me quedo con lo único que no se delega: decidir cuál se publica. → Ver el caso

Sesenta horas al mes digitando facturas

Marta es la contadora de una empresa que le compra a más de ochenta proveedores. Cada factura que llega en PDF hay que abrirla, leerla, digitar los datos y decidir a qué centro de costo va. Acá se ve cómo la máquina transcribe y clasifica sola, y marca en amarillo lo que no cuadra —un redondeo raro, un proveedor nuevo, un concepto que no corresponde— para que Marta revise en bloque en lugar de digitar una por una. → Ver el caso