Casos

Cada semana tomo un problema concreto de una pyme colombiana y muestro, en pantalla, cómo se resuelve con inteligencia artificial. Las empresas son ficticias. Los problemas, las cifras y los oficios no lo son: cualquier dueño de negocio los reconoce. En todos los casos la máquina prepara y organiza; quien lee, decide y firma sigue siendo usted.

La caja alcanza en el papel

Marcela abrió la aplicación del banco un lunes y vio setenta y dos millones. Tranquila. Un agente de IA leyó dieciocho meses de facturas, midió cuánto se demora de verdad cada cliente y encontró que los dos que más se atrasan tienen el 53% de la cartera. Con las fechas que sus clientes prometieron, la caja nunca baja de sesenta millones. Con las fechas en que pagan de verdad, hay dos semanas en las que no alcanza. En una sola semana, ciento cincuenta y cinco millones de diferencia. → Ver el caso

Los costos ocultos de cada cliente

Patricia quería saber a cuál de sus clientes subirle precios, y ya tenía sospechoso: el que más descuento le sacó. Un agente de IA cruzó cuatro hojas que ella ya tenía —clientes, facturas, despachos y visitas— y le respondió que esa no era la pregunta. Los que le cuestan plata son cuatro ferreterías pequeñas a las que nunca les dio descuento. → Ver el caso

El margen que se fue producto por producto

Gustavo subió sus precios 8% en enero, a todo por parejo. Pero el litro de leche subió 21%, y cada uno de sus dieciocho productos lleva una cantidad distinta. Un agente de IA revisa las hojas, construye una medida que no existía, encuentra cinco referencias que se venden por debajo del umbral — y dice qué dato le falta para saber si conviene subirles el precio. → Ver el caso

Inventario quieto es capital de trabajo dormido

Veintiséis millones de pesos parados en la bodega de una panificadora.
Un agente de IA averigua por qué está quieto cada insumo, y cuando
llega a algo que no le corresponde decidir, se detiene y pregunta. → Ver el caso

90 minutos de comité y ninguna acta

Un agente de IA lee la transcripción del comité y devuelve los
compromisos: qué, quién, para cuándo. Y contrasta lo comprometido
contra las semanas anteriores. → Ver el caso

La hoja vida número 43

A Inés le llegaron ochenta hojas de vida en cuatro días y alcanzó a leer quince. Contrató de afán y esa persona duró cinco semanas — la que servía estaba en el puesto cuarenta y tres. Acá se ve un sistema que lee las ochenta contra los requisitos del cargo, escribe la razón de cada una, y no elimina a nadie: las ochenta quedan a la vista y la decisión sigue siendo de Inés. → Ver el caso

El buzón que se ordena solo

Gustavo recibe sesenta correos al día. Entre cotizaciones, copias y publicidad se le perdían los que valen plata. Acá se ve un sistema que clasifica los sesenta, deja los borradores de respuesta escritos, y no envía ninguno: eso lo hace él. → Ver el caso

Veintiocho páginas y una firma

A Andrés le llegó el contrato que puede duplicarle las ventas, y también el que más miedo le da. Hace tres años una sola cláusula le costó trescientos millones. Acá lee las veintiocho páginas en una tarde, entiende qué está firmando y sabe qué llevarle al abogado. → Ver el caso

92 millones congelados (cartera en problemas…)

Plata ya vendida, ya facturada, que los clientes debían y no entraba — porque nadie alcanzaba a cobrar a tiempo y, sobre todo, a cobrar bien. problemático para el capital de trabajo. Acá Carolina cobra los lunes, sin volverse antipática y sin trasnochar el domingo. → Ver el caso

Cuarenta y siete preguntas en cinco días

Un RFQ de una cadena grande: seis secciones, cuarenta y siete preguntas, ochocientos millones al año en juego. A Laura le tomaba dos días enteros — dos días sin atender a nadie más. Acá se ve cómo los recupera. → Ver el caso

Cinco clips en treinta minutos

Este es el único caso de la lista que no es ficticio: es mío. De un video de diez minutos saco cinco piezas para LinkedIn, y eso me tomaba tres horas —una mañana entera—. Acá se ve cómo Claude escoge los momentos que valen —el criterio— y una herramienta de corte hace el trabajo mecánico, mientras yo me quedo con lo único que no se delega: decidir cuál se publica. → Ver el caso

Sesenta horas al mes digitando facturas

Marta es la contadora de una empresa que le compra a más de ochenta proveedores. Cada factura que llega en PDF hay que abrirla, leerla, digitar los datos y decidir a qué centro de costo va. Acá se ve cómo la máquina transcribe y clasifica sola, y marca en amarillo lo que no cuadra —un redondeo raro, un proveedor nuevo, un concepto que no corresponde— para que Marta revise en bloque en lugar de digitar una por una. → Ver el caso